Hace 17 años, cuando yo tenía 16, plasmé en un puñado de entradas o artículos de blog algunos de mis pensamientos y razonamientos de entonces. Uno de estos artículos, todavía online, desarrollaba la idea que expresa su descriptivo título: El egoísmo: presente en todo acto humano.
En este artículo explicaba, aproximadamente y a mi modo de ver, lo sutil que puede llegar a ser el protagonismo del ego en acciones que, a priori, a todos nos parecen altruistas. Un ejemplo sería el acto de caridad. Quien lo realiza está llevando a cabo una buena acción y podríamos decir que está siendo altruista. No obstante, profundizando en nuestras intenciones humanas nos damos cuenta de que dicha acción tiene siempre un trasfondo a menudo oculto: sentirse bien con uno mismo por haber ayudado a alguien. A veces la intención es incluso palmariamente interesada, como atraer la admiración de los demás, aunque este último supuesto, al ser evidente la falta de altruismo, ni lo consideramos.
La «chicha» de la cuestión se encuentra en el hecho de que, a pesar de realizar una acción altruista nos convenza de que nos estamos alejando del egoísmo, puede que existan motivos ulteriormente egoístas detrás de nuestro altruismo, aunque tales motivos no se hagan evidentes ante nosotros o no sean los principales a la hora de realizar dichas acciones.
En ocasiones, incluso, podríamos decir que el imperativo biológico se encuentra guiando en cierto modo algunos actos altruistas, como la madre que da la vida por sus hijos o el padre que se sacrifica por su familia.
Pues bien, tal fue mi pensamiento desde mi adolescencia y durante toda mi vida hasta hace poco. Recientemente, por algún motivo reflexioné sobre este tema de nuevo y recordé la forma de pensar sobre ello que llevaba arrastrando desde tan temprana edad. Fue entonces cuando me di cuenta de que, efectivamente, el egoísmo está presente en todo acto humano, pero solo si tales actos se llevan a cabo en ausencia del amor de Dios.
Me explico: si una persona no creyente (o creyente, pero endeble en su creencia) realiza un acto de bondad, una acción altruista, pensará que dicho acto emana o nace de su propio ser, de su impulso como individuo de ayudar a alguien que no es él mismo. Esto implica la existencia del elemento del ego en la realización de la acción altruista. Quizá no se encuentre presente de una forma marcada y obvia, pero está ahí simplemente por el hecho de confiar en que es uno mismo, y nadie más, el originario del impulso altruista.
Todo cambia si la persona de la que hablamos cree que todo acto bondadoso procede del amor de Dios; es decir, si la persona es consciente de que todo bien que haga estará inspirado y guiado por la fuente misma de todo amor, que es Dios. Es así como el elemento del ego (claro está, si tal altruismo es llevado a cabo con la plena consciencia de lo anteriormente dicho) se suprime. Ya no es uno mismo quien socorre al necesitado. Ya no es uno mismo quien se sacrifica por el prójimo. Cuando el pensamiento o el acto de bondad hacia los demás surge, de manera consciente, desde la actitud de servir a Dios, de dejarse uno mismo ser utilizado como instrumento del amor de Dios, entonces no hay ego en la ecuación. El amor en estas circunstancias es, por tanto, puramente altruista.
No obstante, no estoy diciendo que los actos de bondad sin tener a Dios presente sean estériles. Todo acto de bondad que se aleje lo más posible del egoísmo, ya venga de una persona atea o agnóstica, estoy convencido de que alegra a Dios. Lo que digo es que para que esos actos se transformen en algo puramente altruista, algo que alegra aún más a Dios, han de hacerse desde el amor de y para Dios. Lógicamente, si uno nunca ha oído hablar de Dios ni tampoco ha podido tener contacto con La Palabra de Dios, no podrá llevar a cabo tal empresa. En este caso creo que cualquier acto que una persona realice bajo la convicción propia de ser totalmente altruista es un acto que alegra mucho a Dios.
Antes decía que «por alguna razón» pensé en la, de algún modo nihilista, idea de la ausencia de altruismo puro que anidó en mi mente durante tantos años y desde tan temprana edad. Viendo que ese recuerdo se sucedió inmediatamente de la transformación de tal idea por tener presente a Dios, creo que ese «por alguna razón» podría transformarse en «por discernimiento concedido por Dios». Quizás a través del Espíritu Santo es que nuestro buen Dios iluminó mi razonamiento y me hizo ver tan bonita transformación de una idea nihilista a una llena de vida y esperanza. No lo sé, pero espero de todo corazón que esto provenga de Él.
Amén.
Deja un comentario