Resulta curioso como, a menudo, las palabras o reflexiones adecuadas llegan a uno en el momento oportuno.
Desde que estuve preparando el «rollo» de Cristo para el cursillo de cristiandad, he pasado muchas semanas experimentando un estado «elevado» de espíritu, en el que he sentido a Dios más cerca de lo que nunca lo había experimentado antes en mi vida. Esto me ha llevado a explorar la contemplación. No me gustaría calificarme de contemplativo porque estoy muy lejos de ello, pero sí que me hallo muy a menudo a mí mismo «contemplando» desde que tengo uso de razón. Anteriormente admiraba mucho la grandeza de la naturaleza, la realidad en sí misma de las cosas, etc. Ahora sigo haciéndolo pero con la consciencia de que la fuente de todo ello no es otro que Dios, por lo que ahora me hallo a menudo contemplando la grandeza de Dios.
Esta «elevación» a la que hago mención, como es natural, no es perpetua, y ahora mismo, aunque continúo estableciendo y siguiendo hábitos que me ayudan a la contemplación (sobre todo en estos días tan propicios para hacerlo como son la Cuaresma), sí es cierto que me encuentro con los pies más en la tierra, por así decirlo.
Pero como decía al principio, es curioso que cuando pienso sobre algo o me ocurre algo, pronto me hallo con una conversación, texto o escucho a alguien decir las palabras adecuadas que me ayudan mucho a orientarme.
En este caso me refiero a un libro que llevo leyendo un tiempo, un poquito cada día, que podría describir mejor como una guía espiritual o mística para la contemplación. Se titula «La Nube del No-Saber» y tiene un formato como el que hallamos en otras obras de este estilo: se desenvuelve en breves capítulos cuyo título normalmente plantea una pregunta o cuestión para ser luego resuelta en el desarrollo del capítulo. Una fórmula parecida a la que encontramos en la Summa Theologiae del gran Santo Tomás de Aquino.
Pues bien, así como estos últimos días me he estado percatando de este «descenso» de nuevo a tierra, en los capítulos 45 y 46 de esta obra se nos plantean ciertos engaños que pueden acechar al contemplativo, especialmente al inexperimentado. Y es que, en el ansia de querer experimentar el amor de Dios incesantemente, uno tiene la probabilidad de caer en el engaño, que se puede presentar de varias formas.
Una de esas formas es forzar el cuerpo o el espíritu de uno para favorecer a la contemplación. Por ejemplo, el ayuno o la abstinencia de aquello que nos resulta placentero.
Otra de las formas es «forzar la gracia». Evidentemente esto es imposible, ya que la gracia de Dios viene solo cuando Él quiere y no se puede provocar o causar de forma alguna. No obstante sí podemos encontrarnos a nosotros mismos intentando inducir esos estados de espíritu que sean propicios a recibir la gracia de Dios. De nuevo, esto es un engaño pues la gracia no se merece ni existe forma alguna de «ganarla».
Creo que en el fondo, este último podría ser el engaño que a mí me afecta más profundamente. Buscar el encuentro con Dios ha de ser algo sosegado y basado en el amor por Él y por los demás y el resto de su Creación, no por experimentar en ese encuentro los sentimientos de paz, amor y misericordia que podemos anhelar cuando no resultan tan intensos como en el momento mismo del encuentro.
Quizá esté equivocado en estas reflexiones, o esté cometiendo imprecisiones de alguna manera. No obstante, a medida que voy creciendo espiritualmente, voy aprendiendo y en esta ocasión me quedo con lo que el buen anónimo inglés del s. XIV nos indica en su «La Nube del No-Saber»:
«Por el amor de Dios, pues, sé cauto y no te fuerces imprudentemente en esta obra. Confía más en un alegre entusiasmo que en la simple fuerza bruta. Pues cuanto más alegremente procedas, más humilde y espiritual se hará tu contemplación. Si, por el contrario, te conduces morbosamente, los frutos resultantes serán toscos y no naturales. Por eso, sé cauto».
Dios bendiga esta obra, su autor y el momento tan propicio en el que a mí llegan estas palabras. Amén.
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