Estoy convencido de que la soledad de la carretera muchas veces puede ofrecer un ambiente propicio para lo que voy a contar hoy. Y es que me encontraba conduciendo solo en mi coche, un domingo de cuaresma, con tiempo y tranquilidad, yendo hacia una comida familiar. Con muy poquito tráfico, en una autopista llana, cómoda, amplia y sin interrupciones durante muchos kilómetros, iba yo escuchando una música muy especial para mí últimamente: corales gregorianos. En particular, los que iba escuchando en ese momento son cantados por un grupo de música de coral gregoriano ortodoxo ruso.
Para describir brevemente esta música, diré que es una armoniosa bendición de Dios para los oídos y el espíritu: una música melodiosa, hermosísima, muy agradable, que emana y rezuma un profundo sentido de sacralidad.
Mientras conducía y escuchaba esta preciosa música, observaba el paisaje en el horizonte ante mí: arboledas, bosques, montes, valles, un cielo espectacular con algunas nubes… Las copas de los árboles oscilaban con el viento al unísono con la música que llenaba el habitáculo y que penetraba en mis oídos y en mi mente.
Ante el momento que estaba experimentando, no pude evitar conmoverme. Como había ocurrido en otras ocasiones en el pasado, de nuevo sentí esa abrumadora presencia de amor, paz, serenidad y perfección. La Creación de Dios, en toda su plenitud, ofreciéndome un espectáculo precioso en aquel preciso momento y lugar.
En esa intimidad que no puedo sino interpretar como intimidad con Dios, lloré. Pero no era un llanto físicamente expresivo, desencajado ni intenso o fuerte. Era un llanto silencioso, sereno, tranquilo, en el que las lágrimas brotaron lentamente de mis ojos, lágrimas de felicidad, de plenitud y de conmoción ante aquel sentimiento de intimidad con Dios. Sentimiento en el que el misterio de la vida se mezcla con un repentino y fugaz comprender.
Es este un comprender difícil de describir, en el que uno entiende que nada es sin Dios. Que Dios lo toca todo y que, por eso, todo es bueno. Que nada es sin que Dios así lo quiera. Y este comprender es repentino y fugaz porque, aunque uno tenga fe en estas realidades en su estado de consciencia habitual, este momento de comprensión ocurre a un nivel diferente; y es que no es un entendimiento «cerebral» o en el que intervenga con fuerza la lógica o el pensar «humano» al que estamos acostumbrados en nuestras rutinas cotidianas, no. Es un comprender que describiría, por carecer de un mejor término, como espiritual.
Es difícil de describir con palabras, pero se trata de una especie de intuición sin llegar a ser exactamente eso mismo. Es casi como un «recordar» aquello que en algún lugar muy profundo del propio ser siempre ha estado presente, siendo ello una verdad de una intensidad tan grande que inevitablemente se percibe como amor, plenitud y serenidad abrumadores.
Es un entender espiritual intenso y profundo… pero también contenido en un momento breve que quizá pueda durar unos minutos en intervalos de varios segundos, mientras viene y va como el suave vaivén del agua de las olas que rompen en la orilla del mar. Esto quizá haga la experiencia más preciada y hermosa, ya que esa «elevación» solo puede ir seguida de un «descenso» a la «realidad» de nuevo, donde uno guarda aquel momento en su memoria como un tesoro que le resulta de utilidad en su cotidianidad para continuar con ganas de servir a Dios.
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