Soy un hombre de 33 años que desde que tiene uso de razón y a medida que madura siempre ha considerado tener un germen espiritual, un espíritu de búsqueda de respuestas sobre la naturaleza de la naturaleza (la redundancia es intencional) que por más que quiera nunca ha podido ignorar y que ha tomado diferentes rostros a lo largo de su vida. Uno de esos rostros ha sido la ciencia. Otro la filosofía. Otros, menos académicos, como el interés intelectual por el esoterismo, las grandes conspiraciones sobre el origen de la realidad, etc.
Mi familia, de raíces católicas, me condujo por el camino de los sacramentos católicos iniciáticos hasta la confirmación (alrededor de mis 15 años, si no recuerdo mal), pero ese camino fue recorrido por este servidor de forma más bien pasiva, como quien realiza rituales por conveniencia y costumbre social, sin ser verdaderamente consciente de lo que hacía. Esto lo menciono para que se tenga en cuenta que no vengo de un terreno completamente inerte en lo que la vida cristiana respecta.
Aunque siempre busqué respuestas, como mencioné anteriormente, fue a mis 25 años que, tras sufrir una etapa emocionalmente dura de un profundo carácter existencialista, empezó en mí una transformación, una metamorfosis espiritual. Hasta entonces había ignorado esa parte de mí, absorto en mis estudios (dada mi fascinación por la ciencia) y en mi vida social, como cualquier joven adulto de mi generación. Pero aquel episodio, como digo, fue clave. Un despertar. Gradual, pero un despertar. Pasé por muchas etapas, leí mucho, escuché mucho, hablé mucho conmigo mismo y con otras personas… Y los senderos de mis preguntas existencialistas me fueron adentrando en la psicología Junguiana, la Biblia, el cristianismo, la figura de Jesucristo y en Dios, en una palabra.
Andaba yo, pues, acaramelado con mi incipiente interés por Carl Jung (a quien considero impregnado de Cristianismo en sus obras) y la propia Biblia, cuando al cabo de los meses llega una oportunidad: mi primer cursillo de cristiandad.
En 2019, «presionado» en parte (aunque hoy lo reconozco como una llamada) por un familiar, sacerdote y director espiritual de estos cursillos al que quiero, respeto y admiro muchísimo, asistí a tal cursillo por primera vez. El concepto se me antojó extraño y pesado al principio. Pero llevado por «algo», regresé en 2020, justo antes de la declaración de pandemia, y en mi segundo cursillo comprendí un poco más qué hacía allí. La pandemia entonces estalló: 2021 y 2022 no vieron cursillos. Fue en marzo de 2023 que la diócesis en la que asisto a estos cursillos pudo celebrar el último, al que acudí más encantado que nunca. Y es que, este gran sacerdote del que hablo me asignó uno de los «rollos» del cursillo: el de Jesucristo.
Tembloroso yo ante tal propuesta, pues dar un «rollo» supone media hora de exposición de un tema teológico ante otros laicos como yo (¡y nada menos que sobre Cristo!), dudé por un momento y traté inicialmente de dejar que mi temor hablase por mí: «eso es mucha responsabilidad para mí». Tan bueno y santo como es mi querido sacerdote, rápidamente respondió: «pero tú eres un hombre responsable». Extrañamente, aquellas palabras me llenaron de ánimo. A veces, aunque no lo reconozcamos inicialmente, lo que necesitamos es que alguien nos asigne una tarea que creemos no ser capaces de realizar.
Evidentemente, a los cursillistas se nos convoca con una antelación de meses, y con más razón aún a los servidores, aquellos que contribuimos en la organización y exposición de «rollos» de los cursillos. Por lo tanto, disponía de meses para preparar mi «rollo». Jesucristo. Vaya tema, Señor, vaya tema. Pero qué agradecido estoy ahora. Qué sublimes estos meses. ¡Qué hermosura la de los últimos acontecimientos en mi vida interior!
Por mi sentido de la responsabilidad ante la tarea, no pude sino prácticamente obsesionarme con el tema: leí mucho y variado. Me sumergí en los evangelios, en documentos del Concilio Vaticano II, en textos de Benedicto XVI y hasta en la Summa Theologica del titánico Santo Tomás de Aquino. Y cuanto más ahondaba, más me conmovía este descubrimiento. Descubrimiento que no debería ser totalmente nuevo para mí, pues había estudiado el catecismo, me había preparado para mi primera comunión y sobre todo para mi confirmación. Había recibido una formación católica básica. Pero no. Este torrente de información me sacudió como nunca antes nada lo había hecho. A mis 33 años de edad. Quizá necesitaba la madurez del tiempo y mis pasadas lecturas e intereses profanos para que así fuese.
Comencé a ver los misterios de Cristo de una manera nueva, más profunda, más madura, más lúcida. Con esto, pasaron las semanas y los meses. Me hallaba a mí mismo deseoso de volver del trabajo para dedicar mi tiempo a esta tarea de lectura, estudio y descubrimiento. Y finalmente, de redacción. La redacción de mi primer rollo, el cual, al parecer, tuvo buena acogida entre mis compañeros cursillistas.
Los momentos de intensidad que viví los días, horas y minutos antes, durante y después de dar mi rollo merecen, creo, una entrada propia en este blog. Un cuaderno de bitácora que no pretende ser más que esto: un espacio donde recoger el camino de vuelta a casa, Dios mediante y que así sea, de un hijo pródigo. Un rinconcito que inauguro con estas palabras cuya conclusión, dirigiéndome a ti, buen Dios, me gustaría fuesen: «aquí tienes un siervo más, Señor».
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